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Fueron 35 años de dolor e incertidumbre. Desde el epílogo de la dictadura militar a los primeros años del macrismo, la angustia de los familiares de los caídos en Malvinas no se alteró, pese a los acontecimientos que marcaron la vida política, social y económica de nuestro país.

Celinda Espinosa fue una de las personas que vivió tres décadas y media con la misma incertidumbre que cientos de madres argentinas de no saber en qué lugar descansaban los restos de su hijo y si bien los tres viajes que hizo a las islas durante estos años la acercaron al lugar físico donde están sepultados los soldados argentinos en Darwín, recién ahora reconoce que está “más tranquila” porque tiene un dato concreto.

Celinda vive en Tecka, donde nació Ricardo Andrés Austin, uno de los soldados chubutenses que murieron en combate durante la Guerra de Malvinas en 1982 y cuyos restos fueron identificados hace pocos meses por un equipo de forenses especializados en cotejar datos genéticos que coordinó la Cruz Roja Internacional bajo la supervisión de los gobiernos de Argentina y el Reino Unido.

Estudio confirmado

Hace pocas semanas integrantes del área de Derechos Humanos de Nación viajaron a Esquel donde se encontraron con Celinda y su famila, a quienes entregaron una carpeta con la documentación sobre el proceso que derivó en la identificación de los restos del soldado Austin en Darwin.

“Por muchos años, 35 en total, uno sabía que él estaba ahí, pero no sabía adónde; ahora estoy más conforme, más tranquila, porque se voy a llegar y lo voy a visitar en su tumba” le dijo Celinda a Jornada hace pocas horas y cuenta que está con mucha expectativa por el viaje que emprenderá junto a un numeroso grupo de padres de soldados caídos en combate, a fines de marzo, en lo que representará el primer viaje de familiares tras la identificación de 88 argentinos muertos durante el conflicto del Atlántico Sur.

Con la emoción a flor de piel por haber tenido el primer dato concreto en mucho tiempo sobre el lugar donde está sepultado su hijo, la mujer recuerda que en los primeros viajes a las islas “no podía uno llevar ni siquiera una flor porque no se sabía nada; ahora ya leí el informe, se cómo estaba y pedí que lo dejen tranquilito en su tumba, él me dijo que estaba orgulloso de defender a su país, ese fue su destino”.

Ricardo Austin fue uno de los doce soldados del Regimiento de Infantería Mecanizada 25 de Sarmiento que murieron durante el combate del cerro Darwin y Pradera del Ganso el 28 de mayo de 1982.

En esa misma batalla murió José Honorio Ortega, el único santacruceño caído en combate, aunque su historia está ligada a Trelew, la ciudad donde se encontraba afincado cuando fue a cumplir con el servicio militar obligatorio y donde vive una de sus hijas.

Su madre fue notificada hace pocas semanas del lugar donde yace su hijo.

“Fue una entrevista que nos hicieron, yo fui con la familia que tengo acá en Tecka, porque Ricardo era hijo de mi primer matrimonio, y yo tengo otros tres hijos de mi segundo matrimonio. Fuimos a Esquel entonces con mis hijos, sobrinos, cuñadas, les avisé a todos y allí me notificaron en que lugar del cementerio está, cual es la tumbita de él y nos comentaron como se hizo el ADN”.

“Ahora estoy bien, estoy más tranquila” repite Celinda y asegura que es porque ya sabe que su hijo “está sepultado en la tumba 10, de la entrada al cementerio de Darwin, a la derecha” y eso le quita la incertidumbre que vivió en los anteriores viajes a las islas.

También conoce de qué manera fue todo el proceso y con voz pausada cuenta que “el cotejo se hizo a partir de los molares y del huesito de la tibia, esas dos partes usaron para identificar el ADN” y agrega que durante el encuentro con la comisión en Esquel “me entregaron un informe que es el oficial donde está detallado todo: como los sacaron, como los levantaron a todos, con que ropa estaban vestidos, y que estaban envueltos en un poncho.

Después los pusieron en un ataúd nuevo y los volvieron a poner en su tumba, en la que estaban”.

Un lugar en las islas

La emoción embargó a esta mujer de pueblo cuando mencionó que durante la entrevista la consultaron si su voluntad era repatriar los restos de su hijo y sepultarlos en Tecka, donde ella vive.

“Yo les dije que no, que lo dejen tranquilito donde está, descansando en paz, porque les contaba a los señores que en las cartas que él me escribía primero, después no tuve información, pero en esas pocas cartas me decía que estaba orgulloso de estar defendiendo la patria; así que lo dejen tranquilito allá y que los viajes que salgan yo iba a ir”.

Aquellas cartas no fueron muchas.

Un par desde Sarmiento durante la conscripción y dos, a lo sumo tres más durante el conflicto y el recuerdo de las semanas sin noticias hasta que después de terminado el conflicto, en julio de 1982, llegó la notificación oficial sobre la muerte de su hijo.

“Pasaron dos meses y yo buscaba por todos lados, mandaba telegramas y nada, iba al correo y en una oportunidad me dijeron que estaba vivo, después que ya se venía, pero no, no era así”.

Ahora Celinda espera el viaje junto a las familias de los otros 88 soldados caídos en combate que fueron identificados.

“Con muchos nos conocemos de antes, como con Sonia (Cárcamo), la madre del soldado Ortega, porque ellos fueron juntos al servicio militar, fueron juntos a Malvinas y cayeron en combate el mismo día” cuenta Celinda, quien espera en su cuarto viaje al archipiélago “poder poner una flor, una plaquita o algo, pero yo estoy mejor ahora”.

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