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Robert Mugabe es el despiadado dictador que gobierna Zimbabwe. Tiene 93 años y es jefe de Estado de su país desde hace ya 37 años. Desde el minuto mismo en que Zimbabwe se declarara independiente. Es, además, un incorregible violador serial de los derechos humanos de su pueblo.

Por lo antedicho muchos reaccionaron con enorme sorpresa cuando, hace pocos días, Mugabe fuera designado por la Organización Mundial de la Salud como su Embajador de Buena Voluntad.

Esa designación fue responsabilidad del nuevo director general de la organización, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus. E incluía la responsabilidad de apoyar la lucha contra las enfermedades no transmisibles en toda África, como son las cardiovasculares y el asma.

La alegría, probablemente inesperada, de Robert Mugabe duró apenas 5 días, desde que transcurridos los mismos su designación fue “anulada” por el propio director general, que lleva sólo 5 meses en su puesto. Respondió así a una inmediata y comprensible ola de durísimas críticas que la insólita designación de Mugabe había, como cabía esperar, generado.

El nombramiento era atribución del director general y se hizo sin consultar a los Estados Miembros.

Las principales reacciones adversas vinieron desde Estados Unidos, que mantienen –con razón– a Robert Mugabe expresamente sancionado por sus constantes violaciones a los derechos humanos de su pueblo.

Ocurre, además, que Mugabe, que sabe que el sistema de salud de su país no es confiable, recibe (él mismo) asistencia médica en Singapur, con el cinismo e hipocresía que lo caracterizan.

Algunos dicen que la designación de Mugabe fue una suerte de contraprestación por su apoyo al nombramiento del director general de la Organización Mundial de la Salud, el primer líder africano que ocupa ese puesto.

La designación de Mugabe era inaceptable, pese a que es cierto que es un empedernido luchador contra el tabaco y que apoya la lucha que se libra en el continente negro contra las enfermedades no trasmisibles. Pero su carácter de dictador despiadado obligó a dar una rápida marcha atrás con una designación notoriamente equivocada, que jamás debió haber ocurrido.

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