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El líder de la revolución cubana tenía 90 años. Lo confirmó su hermano, el presidente de Cuba Raúl Castro, en una alocución en la televisión estatal

Fidel Castro ha muerto. Y esta vez es cierto. Oculto a los ojos de los cubanos desde 2008, el régimen había regulado a cuentagotas sus apariciones en fotografías oficiales, acompañado la mayoría de las veces de algún presidente extranjero. La última de sus Reflexiones data del 17 de octubre de 2014. En ella, Fidel se refiere a la epidemia de ébola y al compromiso de los médicos cubanos radicados en África. “La hora del deber” fue el título elegido por el dictador. Luego su figura desapareció de los medios cubanos, poco a poco.

Su última aparición en público fue el pasado 15 de noviembre, cuando recibió en

Hasta que hoy se conoció la noticia de su muerte, confirmada por el presidente Raúl Castro, en una alocución en la televisión estatal.

El padre histórico de la Revolución cubana falleció en la noche del viernes, 25 de noviembre, a las 22.29 horas, y sus restos serán cremados “atendiendo su voluntad expresa”, explicó Raúl Castro, visiblemente emocionado.

El mandatario agregó que en las próximas horas se anunciará cómo se realizarán las exequias de Fidel Castro.

Es probable que serán funerales de Estado, que La Habana ha prometido apoteótico, a la altura de las circunstancias. Será como tirar la casa por la ventana, en una isla que atraviesa una profunda crisis económica, escasez de alimentos y el férreo y ya anquilosado control político de los opositores.

Si la realidad está en el ojo de quien la observa, como dice un viejo aforismo, la isla del socialismo eterno parece confirmar esa visión. Según a quien se consulte el régimen cubano comandado por Castro fue una arcaica prolongación de un comunismo absolutista perimido hace más de dos décadas. O bien uno de los últimos faros de la izquierda, que irradió la luz de la justicia social en un cielo dominado por la guerra, el hambre y la pobreza capitalista.

Lo único que nadie puede negar es que con la muerte de Castro se fue el último líder de las revoluciones del siglo XX, un protagonista de la Guerra Fría que en 47 años de gobierno, que lo convirtieron en el más perdurable jefe de Estado del mundo, se topó con 10 presidentes de Estados Unidos y vio partir a nueve de ellos. Todos, sin excepción, intentaron “quitarse de encima” a Castro. Primero con las armas, como John Kennedy en 1961 y la fallida invasión a Bahía de Cochinos, y luego con un embargo comercial que comenzó en 1962 y adquirió toda su fortaleza en marzo de 1996, cuando el presidente demócrata Bill Clinton promulgó la ley Helms-Burton. Estadísticas cubanas hablan además de 637 intentos de magnicidio.

Pero Castro siempre estuvo ahí, promoviendo un comunismo de rancia estirpe soviética en su pequeña isla de 110.860 kilómetros cuadrados, en las propias barbas de su peor enemigo, la mayor potencia mundial.

Castro nació el 13 de agosto de 1926 en Mayarí, en el oriente, como hijo extramarital de un emigrado gallego de buena posición económica, Ángel Castro Argiz, y su cocinera, Lina Ruz González. El padre dejó en manos de los jesuitas la enseñanza primaria de sus dos hijos varones, hasta que el ingreso de Fidel a la Universidad de La Habana, donde se graduó como abogado en 1950, lo colocó en el camino de la política. Allí militó en la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR), grupo dirigido por el excéntrico EmilioTró. La UIR era una organización que creía febrilmente en la violencia como método, pero su único programa de gobierno se basaba en el profundo anticomunismo de su líder.

Con la muerte de Tró en 1949, Castro migró a la dirección del Partido Ortodoxo (PO), desde donde denunció las atrocidades cometidas por la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1958). En ese entonces, La Habana era considerada un refugio de maleantes y mafiosos. En 1950, el 90% de las minas y de las haciendas, el 40% de la industria azucarera y el 80% de los servicios públicos cubanos estaban en manos extranjeras.

El 26 de julio de 1953 Castro realizó el fallido ataque al Cuartel Moncada, germen de la futura Revolución Cubana. En el juicio en su contra, Fidel asumió su propia defensa y pronunció su famosa frase “Condenadme, no importa. La historia me absolverá”. Lo que sigue es conocido: la amnistía, el exilio en México, su encuentro y amistad con el argentino Ernesto “Che” Guevara y la partida del yate Granma con 80 revolucionarios a bordo. Castro estuvo entre los 12 sobrevivientes que se ocultaron en Sierra Maestra, desde donde comandó la guerra de guerrillas que terminó con el gobierno de Batista el 1 de enero de 1959. Ya lucía entonces el uniforme verde oliva, la barba tupida y el enorme puro humeante que caracterizarían al icono revolucionario.

El nuevo gobierno prometió devolver la propiedad de la tierra a los campesinos, defender los derechos de los pobres y elecciones cuanto antes, proclamas fieles a los idearios originales del PO. Desde el comienzo, Castro insistió que su ideología era, primero y principalmente, cubana. “No hay comunismo o marxismo en nuestras ideas, sólo democracia representativa y justicia social”, dijo en esos momentos primigenios de la revolución. ¿Por qué Castro se convirtió luego en aliado incondicional de la Unión Soviética (URSS)?

Su gobierno había expropiado todas las empresas de capital estadounidenses, y el 3 de enero de 1961 Washington decide romper relaciones diplomáticas con la isla. El 16 de abril, Castro proclama el carácter socialista de la revolución. Al día siguiente se produce la invasión de Bahía de Cochinos, que termina para Estados Unidos en un fiasco de dimensiones épicas.

El 1 de mayo, Castro declara que la revolución es marxista-leninista y sella su alianza definitiva con la URSS, dependiendo cada vez más de su ayuda económica y militar. En 1962, Moscú intenta instalar en Cuba cabezas nucleares de alcance medio, ante la oposición estadounidense. La llamada “Crisis de los Misiles” marcó el futuro de La Habana hasta el fin de la Guerra Fría: Nikita Kruschev retira las ojivas nucleares cuando obtiene el compromiso de Washington de que jamás invadiría la isla.

Luego vino el embargo económico norteamericano -que recién ahora empieza a deshacerse- y el consiguiente endurecimiento del régimen cubano. El anticastrismo en el exterior, conformado por unos 600 mil cubanos radicados sobre todo en Miami, define a la isla como un infierno de represión, con un partido único y corrupto, asolada por la censura y la paranoia oficial ante el disenso, las fronteras cerradas de adentro hacia fuera y sanguinarias purgas de opositores, con cientos de “balseros” que cada año arriesgan su vida huyendo de la ruina económica, y con cárceles desbordantes de disidentes. Según el último informe de Amnistía Internacional, hay unos 70 prisioneros de conciencia en la isla, y Human Rights Watch eleva su número a más de 300.

La oposición denuncia también un “enfermizo” culto al líder carismático. Se sabe que Castro tuvo 8 hijos reconocidos, cinco de los cuales compartió con su última compañera, Dalia Soto. Pero nunca se verá una foto de Castro junto a su familia o en tiempo de ocio, mucho menos cumpliendo con su rutina diaria de ejercicios físicos. La única fotografía en que se le ha visto con uno de sus hijos en brazos fue tomada al inicio de la revolución, cuando Fidelito, el primogénito, tenía 9 años.

Lo cierto es que la mayor parte de los cubanos solo sabían que Castro trabajaba hasta el alba y que dormía cuatro horas por día, pero nada más. Y eso que hasta sus últimos días, la radio y la TV transimitían en directo todos sus discursos, el más largo de siete horas, y el más corto, en Cuba, de 18 minutos. Tras su retiro, sus Reflexiones, publicadas con puntualidad en la prensa oficial, mantuvieron viva su memoria, aunque con el abordaje de temas cada vez más alejados del día a día del Gobierno.

La lógica del “líder-padre” es la que aún domina la mentalidad de muchos cubanos. Para ellos, La Habana fue y será ejemplo vivo de la lucha de David contra Goliat. Y rescatan que Cuba ha alcanzado los índices de salud y educación más altos de la región. Castro siempre hizo hincapié en los logros de su gobierno en estos dos sectores claves, y la exportación de médicos y maestros formó parte de su política exterior en el complejo camino de encontrar aliados. Cientos de doctores cubanos aún trabajan en la Venezuela forjada por Hugo Chávez, pero también en Perú, Ecuador y hasta Brasil, donde su presencia ha levantado protestas de los profesionales locales.

Sin embargo, el “paraíso” ideado por Castro comenzó a derrumbarse en los 90, con el fin del subsidio soviético. Si en 1989 las importaciones para la salud alcanzaban los 227 millones de dólares, la primera etapa del “Período Especial” vio desplomar esa cifra a menos de 70 millones. En ese momento, Castro coqueteó con la idea del modelo chino, que combina la dictadura política del Partido Comunista y una variante de la economía de mercado. Pero las causas de la sobrevivencia han sido menos sofisticadas. Cuba se recuperó alentada por el auge del turismo internacional y, sobre todo, el petróleo del venezolano Chávez, que vino a ocupar el lugar dejado vacante por Moscú.

Ahora ha sido su hermano Raúl el responsable de salvar a la dictadura de la debacle económica definitiva. Sin signos de apertura política a la vista, el Ejecutivo ha abierto poco a poco los sectores más críticos de la economía, como la producción de alimentos.

En su última entrevista en profundidad, concedida al director del Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, Fidel dibujó cual sería en el futuro la estampa de su figura: “Que nuestros enemigos no se hagan ilusiones: yo muero mañana y mi influencia puede crecer. Una vez dije que el día que muera de verdad nadie lo iba a creer. Podría andar como el Cid Campeador, que ya muerto lo llevaban a caballo ganando batallas”. Millones de cubanos darán fe de ello.

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