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El Dr. Fernando Urbano es una de esas personas, para mí especiales, destacadas, que “honran la vida”. Lo conocí en la Legislatura del Chubut cuando fue Diputado de nuestra Provincia. Luchador, perseverante, de convicciones  muy firmes. Injustamente “castigado” por algún político inescrupuloso que alguna vez lo acusó de ser “traficante de leche”, porque Urbano siempre ignoró las normas inhumanas y confrontó contra toda forma de injusticia. 

Por Dr. Fernando Urbano

Siempre me interesó la idea de hacer un voluntariado en el lugar donde la Madre Teresa inició su obra. En abril del año pasado tuve la oportunidad de cumplir esta ilusión.

Arribé a Nueva Delhi, donde permanecí durante siete días, y emprendí mi viaje  a Calcuta. Llegué a la estación Howrah, una de las más grandes de la India con 40 líneas de ferrocarril. Apenas bajé del tren, me conmoví: había miles de personas desplazándose entre los andenes y familias enteras acostadas en el piso, en su mayoría desnutridas, enfermas y moribundas. En Calcuta, donde un 30% de la población vive en la intemperie, estar al lado de las vías en una estación es tener un “hogar” privilegiado porque, por lo menos, tienen techo.
En ese momento entendí  por qué la madre Teresa pidió ir como misionera a esta tierra, que es la segunda ciudad más pobre de India. En un principio su congregación se lo negó, pero gracias a su rebeldía, vocación y tozudez, a los 36 años consiguió la autorización: empezaba a nacer la Orden de las Hermanas Misioneras de la Caridad.

"Mis dos primeros encuentros con la miseria, el dolor y la muerte fueron decisivos. Una chica, en la calle, agonizaba de hambre y yo no tenía ni un mendrugo para darle. La abracé hasta que murió. Tal vez nadie, hasta entonces, la había abrazada. El segundo, también en la calle, fue un leproso ya sin salvación. Toqué sus llagas, lo llevé hasta la cama de un hospital, y lo acompañé hasta el final. Había vivido como un perro, pero murió como un ángel”,  contó una vez la madre Teresa que, como esta, tiene otras cientos de anécdotas que muestran su humildad y grandeza.

Casa de la Madre Teresa

Me instalé, como hace la mayoría de los voluntarios, en un hotel muy sencillo en la zona de Studden Street, a 20 minutos caminando de la Casa de la Madre Teresa, donde ella vivió y murió.  Ahora también es la casa de las novicias,  hermanas de la congregación y de la hermana superiora que conduce las 4 mil Casas repartidas en más de 100 países.  
En una de las dependencias se encuentra, dentro de una capilla muy sencilla, la tumba de la Madre. Además, se puede visitar la que fue su habitación: simple como ella, el cuarto era muy pequeño, sólo tenía una cama, un escritorio y una mesa con banquetas. Si bien estaba encima de la cocina y el calor de la ciudad es sofocante, ella siempre se negó a tener un ventilador.

Durante el mes que estuve como voluntario, la rutina consistía en concurrir a las 7 de la mañana a la casa, donde nos encontrábamos los aproximadamente 80 voluntarios provenientes de distintos lugares del mundo. Se rezaba una oración y nos brindaban un desayuno con chai (té con especias) banana y pan. Si era el último día de voluntariado de alguien, en un momento muy emotivo -hasta las lágrimas-, les cantábamos una canción de despedida que era muy pegadiza: “I thank you, thank you, thank you from my heart; I love you, love you...”.Después, nos asignaban tareas  en algunas de las nueve sedes que dicha congregación tiene en Calcuta para ayudar a asistir a “los más pobres entre los pobres”, según la Madre Teresa. Yo presté servicios en 4 de ellas.

Pren Dam

Los primeros días me asignaron tareas en esta Casa, que está a media hora a pie desde la “Mother´s House”,  y debíamos desplazarnos todos los voluntarios, con 38- 40 grados en el comienzo de la mañana, atravesando un mundo de personas apretujadas -muchas se bañan, comen y duermen en la calle-, vendedores callejeros, puestos de comida, montañas de basura con cuervos y roedores, vacas que deambulaban a su antojo, etc.

Pren Dam tiene cabida para 180 hombres y 180 mujeres, normalmente trabajan allí unas pocas monjas e indias, además de los voluntarios. Las personas que se encuentran en ese centro suelen padecer enfermedades crónicas. Cuando llegábamos los internos nos recibían con alegría y sonrisas: “¡¡Namaste!!”, gritaban.

Nuestras tareas consistían en el lavado de ropa, aseo general del lugar, el servicio de comidas -de acuerdo a sus costumbres en el piso y sin cubiertos- y, sobre todo, brindarles acompañamiento. Era increíble cómo nos agradecían con grandes muestras de cariño. Los que éramos profesionales de la salud (mientras yo estuve éramos tres) realizábamos preferentemente curaciones de heridas, kinesioterapia  (habían muchos que padecían trastornos de movilidad) y asistencia médica primaria.

Nirmal Hriday

Luego concurrí a la que fue la primera Casa inaugurada por la Madre Teresa  en (1952). Queda en Kalighat, muy cerca del templo indio de Kali, uno de los dioses más venerados. En esta sede se condensa la esencia de su mensaje: dar amor a los más necesitados, hacer que se sientan queridos y acompañados aquellos que van a morir en las próximas horas o días, consolar y acompañar a quien ha sido maltratado por la ley de la calle. Aquí se ofrece una última morada a personas que se encuentran sin ningún lugar a donde ir, sin poder valerse por sí mismos.

Nunca he visto tantas personas moribundas juntas, desprovistas de cualquier auxilio médico como suero, sonda, respirador, monitoreo de frecuencia cardíaca, etc. sólo tenían la compañía de alguna hermana o voluntario que les brindaba compañía, caricias o simplemente les hablaban aunque no entendieran. Eran enfermos terminales desahuciados, en quienes se consideraba que ya nada se podía hacer.

Los pacientes están divididos en dos salas según su sexo, por lo que se aceptan tanto voluntarios como voluntarias. La mayoría de los pacientes eran indios, algunos musulmanes y muy pocos cristianos. Se les brindaba asistencia respetando su religión, de la misma forma que la sepultura se realizaba de acuerdo a sus costumbres. 

Shishu Baba de Bose Road

Es un orfanato que se encuentra muy cerca de la casa de la Madre Teresa, está destinado a niños huérfanos de 0 a 6 años con discapacidades físicas y psíquicas (ceguera, problemas neurológicos, síndrome de Down, etc) y a otros con problemas de desnutrición que sus familiares los han dejado en manos de las Hermanas para que los alimenten hasta que los niños adquieran un estado nutricional adecuado.

Esta casa es exclusivamente para voluntarios de sexo femenino, pero yo concurría porque las hermanas  me solicitaron realizar  consultorio externo de pediatría en la planta baja.  Esta actividad la realizaba gustoso pero era  bastante complicado ya que el idioma que se habla es el bengalí,  entonces para la atención de los niños tenía  que estar acompañado por una enfermera que tradujera lo expresado por la madre al inglés, una médica española que trabaja en Inglaterra traducía al español y luego se hacía el proceso inverso con mis  repreguntas o indicaciones. El acto médico lo realizaba en una camilla ubicada  en el medio del resto de las 20 o 30  madres que esperaban con sus hijos para ser atendidas.

Las hermanas contaban con una gran variedad de medicamentos,  esto era de un gran valor ya que en los hospitales es muy difícil la asistencia y cuando consiguen ser atendidos les dan la receta para que ellos compren los remedios que la mayoría no pueden comprar. Aproximadamente  el 90% de los niños que atendí se encontraban desnutridos y otro gran porcentaje padecía diversas parasitosis, además de otras enfermedades infecciosas.

Nabo Jibon

Se encuentra en Howrah, es otro de los centros  cuya misión principal es atender a niños huérfanos o abandonados con enfermedades neurológicas, psíquicas, autismo, etc. En este lugar se asignan algunos voluntarios fijos pero los domingos se suman otros más, yo concurrí en dos oportunidades,  ya que se lleva a cabo una actividad especial: los niños que viven en la calle o pertenecen a familias muy pobres de zonas aledañas acuden a ese lugar para bañarse, jugar con nosotros los voluntarios en el patio, se les brindaba desayuno, almuerzo y se le entregaba una bolsa con alimentos para que se llevaran. 

La aportación quizá es mínima en comparación con las necesidades que hay en Calcuta pero nos servía de consuelo  lo que repetía  la Madre Teresa: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”.

Por otro lado, quiero destacar el espíritu de los voluntarios. Dedicábamos entre cuatro y seis horas al voluntariado, a veces más cuando concurríamos a alguna otra Casa en horas de la tarde. Casi todos vivíamos en la misma calle, Studdent Street, así que era fácil sentirse como en casa; compartíamos caminatas, riksahws, taxis, alegrías y angustias, almuerzos y cenas,  uno a uno íbamos contando qué suponía para nosotros nuestra estadía en Calcuta, hablábamos  de nuestras experiencias en las distintas sedes, atendiendo a los enfermos,  de la ayuda a discapacitados, atención a moribundos, etc.

Pocas veces he compartido con un grupo de personas que posean  tanta espiritualidad y altruismo. El voluntariado durante un mes en la Casa de la Madre Teresa en Calcuta fue una experiencia especial de mi vida, maravillosa y llena de significado.  


Por Luis Dupuy

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