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Compartimos la carta de la Prof. Claudia E. Fiorito, en la que relata su experiencia como docente en un aula inclusiva con un alumno con síndrome de Down.

Como docente, en mis clases siempre hablaba de “respetar las diferencias”, “ser tolerantes”, “compartir con los demás”… Con mis alumnos llenábamos las paredes de la escuela con  hermosas carteleras,  armábamos actos escolares que reflejaban lo bueno que es respetar las diferencias, trabajábamos bonitos cuentos y todo era muy lindo mientras jugamos al “así debe ser”.

En 20 años de docencia en escuelas privadas tuve sólo dos oportunidades de compartir mi trabajo con alumnos con necesidades especiales, ellos y sus padres me enseñaron mucho. Un día, mi aula de sexto grado tuvo un cambio y yo tuve una nueva oportunidad. No era ni carteleras, ni pintura nueva, sino el combustible que se necesita para avivar el fuego y generar un ambiente confortable. A sexto grado había llegado un grupo de 24 alumnos que llevaba siete años de compartir todos los días con un compañero con síndrome de Down.

En cuanto a cómo debo preparar la clase y qué cambios realizar, las maestras integradoras, el equipo que acompaña a mi alumno y sus padres día a día me dan herramientas e incentivan para aprender cada vez más. Aprendo mucho de todos ellos y de la información que hay circulando en diferentes medios. Pero el mejor aprendizaje es que el que vivo junto con el grupo.

Todos  mis alumnos saben que son diferentes, aprendieron a aceptarse y usar esas diferencias para realizar un buen trabajo de grupo: “¿Qué es lo que mejor hacés?”, “¿Dibujar?”, “Entonces vos dibujá.” “Si le dibujamos los renglones, él lo puede hacer… tiene letra grande y en imprenta… se va a poder leer mejor la lámina”. No es necesario hacer una cartelera que diga “Respetemos y valoremos las diferencias”, ellos lo viven.

Lo que más me llamó la atención fue la primera vez que mi alumno con síndrome de Down leyó en voz alta. Sus compañeros siguieron atentos la lectura, nadie le corrigió (yo siempre estuve acostumbrada a que el resto de los grupos corrigen cuando un compañero se equivoca o suelen quejarse cuando no se los escucha o tardan en leer), atento a mis indicaciones volvía a revisar su error, al finalizar, antes de que yo pudiese dar una devolución sus compañeros al unísono le dijeron: “Muy bien Zequi”. ¡Cuánto me enseñaron en ese momento!  Paciencia, amor, reconocimiento de los logros de su compañero. No es necesario hacer una cartelera que diga “Ser tolerantes”, ellos lo viven.

Cada clase es una enseñanza. Es cierto, en la escuela se enseña; pero hablo de la enseñanza que no está escrita en un proyecto de aula como contenido. Todos los seres humanos somos, en mayor o menor grado competitivos. Queremos ganar y que se nos reconozca por ello; y son muy pocas las veces donde se comparten los logros con el corazón (muchas veces sólo son para “quedar bien”): Dos grupos. Juego de preguntas y respuestas. Puntajes. “Ya sé le respuesta”, dijo un alumno. Todos coincidieron con el acierto. Nadie gritó. Se acercaron a su compañero y al oído le dijeron la respuesta. “Correcto”, contesté. Festejaron juntos pero las felicitaciones se las dieron a su compañero que a viva voz contestó. No es necesario hacer una cartelera que diga “Saber compartir”, ellos lo viven.

Para  comprender un poco más las experiencias compartidas anteriormente, es importante citar el comentario de un alumno mientras todos realizaban la cartelera para el Día del Síndrome de Down, en la cual incluían conceptos como “todos tenemos derechos”, “inclusión educativa”, etc.  Sus palabras, a modo de pregunta reflexiva fueron: “¿Por qué hay  que seguir diciéndolo si  es algo tan natural?”. Está clarísimo que, dada sus experiencias cotidianas, la inclusión está en sus vidas, en sus pensamientos y en sus corazones; y son los protagonistas del cambio deseado, propuesto, declarado.

Por eso, cuando hablamos de “inclusión” hablamos de “aprender a vivir todos los días los valores humanos conociendo y compartiendo con todos los demás, más allá de sus diferencias”.  De qué nos puede servir la  cultura general que todo docente busca que logren alcanzar sus alumnos si como seres humanos no buscamos que nuestros  niños y niñas, sin distinciones,  sean buenas personas para ser felices, brindar felicidad y desenvolverse de forma autónoma. Y eso no se aprende leyendo un libro de texto escolar ni con una clase magistral, se aprende “practicando” y cómo podemos practicarlo si no tenemos la  oportunidad de una educación inclusiva.

Está en mis deseos que todos en un futuro no muy lejano vivamos en una educación y sociedad inclusiva.

Para finalizar, un gracias enorme a Zequi  y a mis alumnos (amigos y compañeros), por permitirme crecer con ustedes.

Prof. Claudia E. Fiorito

(Técnica en Conducción Educativa, Prof. de Enseñanza Primaria.)

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